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CRITICA
-Por Jaume Pinyol Boné, 2000 |
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BIOGRAFIA
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Como pintor de iconos, la producción de Roca Bon es extensa y de gran calidad, pero estando en un principio sometida a las estrictas reglas técnicas y programáticas que desde siempre se han impuesto a los hagiógrafos, ha experimentado una evolución que sin abandonar la metafísica ha llevado hasta las obras de las que hoy podemos disfrutar. Estas obras están, en apariencia, muy alejadas de la iconografía tradicional, pero en ellas late el mismo corazón simbólico y la misma voluntad espiritual.
Las obras que hoy vemos han surgido de una interiorización de los iconos que ha permitido al pintor variar el lenguaje plástico sin alejarse de la búsqueda de la trascendencia, de esa otra mitad de lo real que completa lo sensorial. Las actuales pinturas conservan el parentesco espiritual con los iconos más tradicionales sin ser ya iconos. El pintor ha descubierto una nueva vía hacia la metafísica, libre de las ataduras que le imponían a su personalidad las normas de la lglesia Ortodoxa. Así, sus obras han ganado un nuevo vuelo, una intensidad más personal y un aliento de sostenida creatividad genuina.
La pintura de Roca Bon conoce y transmite la pasión del silencio. No es el mutismo estupefacto que adoptan las cosas cuando cunde en su mundo la desesperanza del aislamiento; se trata más bien de una callada sapiencia que explora el ámbito del espíritu, esa zona del Misterio que atrae, para completarlos, a los objetos de la cotidianeidad. En las obras últimas del pintor, el silencio es un instrumento de conocimiento de aquella realidad que está más allá de lo que los sentidos puedan darnos. La atmósfera de estas obras está constituida por un recogimiento silencioso que invita al espectador a sumergirse en una pura expectación, en una espera de la revelación de lo invisible. Ante nuestros ojos se desarrolla la irrupción de lo oculto, que es un pensamiento poético y benigno que alienta en todo; basta callar para que ese pensamiento surja con lenta evidencia y se muestre como identidad real de la apariencia sensible que nos rodea y, tal vez, nos distrae. El silencio hace posible el advenimiento inteligible del sentido escondido tras la superficie de los fenómenos.
Las sombras aletean con la espontaneidad de lo prodigioso y las aristas parecen ligarse en una danza de ritmo apasiondo. Roca Bon crea un espacio ensimismado y absorbente en el que la arquitectura es una invitación a ver, más que el reverso, el interior de las apariencias. Esos lugares integran la utopía de lo imperecedero, aspiran a una dilatación de lo sensorial; están inmersos, a su vez, en un movimiento que les es propio, como un latido íntimo parecido al oleaje: la atracción de lo infinito provoca esa marea que conmueve los más pequeños resquicios en una especie de tropismo determinado por la acción de lo metafísico, de lo que espera ser manifestado, de lo que, en realidad, se está manifestando.
El universo de Roca Bon no es estático sino cruzado en todas las direcciones por la agitación de lo que se abre; es un mundo que experimenta las múltiples metamorfosis de la transfiguración para mostrar la riqueza del pensamiento fundamental que, de esta manera, queda menos oculto y más cercano a nosotros y, en el sentido propio de la palabra, más amable.
El resultado de esta actividad interna es la conquista de la quietud. No hay contradicción, pues lo conseguido es una quietud activa, atenta a las vibraciones que llegan de lo transcendente. Es una quietud que se deja envolver y llevar por las cadencias que emanan del más allá de los confines sensibles. Debemos detenernos, nos viene a decir Roca Bon, para que nuestros movimientos arbitrarios y a veces insensatamente frenéticos con su cese dejen desarrollar el compás de una respiración diferente, la que nace en las raíces del Misterio. Penetrados por esos ritmos del espíritu, podremos atisbar con más claridad el contenido de la fellicidad. La pintura de Roca Bon es esencialmente feliz y el trasmundo que nos dona no se rompe en la tragedia. En lugar de la angustia alienta la libertad del hombre en busca de lo que completa su ser; búsqueda que es aventura y descubrimiento, inacabable prospección de todo un universo que espera ser nombrado.
La pintura metafísica siempre ha percibido el espacio y el tiempo de una manera singular. No son categorías fiables en tanto pertenecen a un ámbito incompleto. Acomodarse a ellas representa conformarse con lo inmediato, que es insuficiente sin remedio en si mismo. Por tanto, el arte de vocación metafísica persigue la quiebra del espacio y del tiempo, mostrando su carácter insatisfactorio. Debe tensar esas dos coordenadas para adecuarlas a lo que no tiene espacio ni tiempo; y no puede evitar la tendencia a romper esos límites o, como mínimo, a demostrar su escasa capacidad.
El tratamiento del tiempo en la pintura es un tema fascinante. Cuando Roca Bon fusiona los planos o altera las perspectivas, no sólo modula el espacio sino que también ensaya una adecuación de la temporalidad a los propósitas de su búsqueda metafísica. Sus obras nos introducen en una medida del tiempo alargada, ralentizada, de modo que quedamos prendidos de una duración que tiende a abolir los límites en una continuidad que de hecho es una pausa que olvida su principio y su final. Fluido ensanchado y dulcemente arremolinado en si mismo, el tiempo en la pintura de Roca Bon permite intuir su fondo: un presente sin pasado ni futuro. Ese presente se revela acuciante y benévolo, nos acoge y nos sustrae a la duración; el pintor suspende el tiempo para precisamente darnos tiempo a nosotros, que pasamos ante su obra con más o menos prisa, introduciéndonos en un ámbito de tiempo remansado, parecido a la eternidad.
De una manera semejante, el espacio resulta de una acumulación armoniosa de geometrías que con ecos de laberinto articulan una gramática del Misterio. El pintor nos propone adentrarnos en una topografía de la maravilla; hay un gozoso llamamiento a la exploración de lo poético en cada esquina, en cada puerta abierta. El cielo se fusiona con la tierra, se altera la percepción de las distancias, los equilibrios entre los volúmenes se difuminan en juegos imposibles, las leyes de la gravedad ceden ante una evidencia dinámica que las supera: estamos cruzando los umbrales de lo inefable.
La exquisitez técnica con que se expresan estos contenidos metafísicos es para el pintor un aval de su validez. Los recursos del oficio, dominados con elegancia, colaboran en conseguir nuestra participación convencida. Es admirable la sutileza con la que el pincel frasea e invoca la presencia de los colores. Detengámonos ante la maravillosa dicción de los matices, ante las concordancias cromáticas tan bien halladas: descubriremos al artista que no se permite concesiones en lo que al oficio se le debe dar. Su pintura fervientemente entregada a lo espiritual posee a la vez una materialidad de explícita calidad que apunta clara y gozosamente a definir el pensamiento oculto, evidenciado y expresado, como Belleza.
Jaume Pinyol Boné
Bercelona, 2000.
(Extracto de la obra El pensamiento oculto:
aproximación a la pintura de Roca Bon)
El misticismo universal. "Tengo una visión bahá'í, es decir, universal, de la vida. Por eso busco símbolos que definan la parte mística de las personas. En mi pintura actual la visión del misticismo es universal".
Con la revelacion Baha'i encuentra el equilibrio de un humanismo espiritual que le ha dado un sentido de la transcendencia, dandole una vision contante del pasado, del presente y del futuro.
Su vida
Entre fronteras
Ferrán Roca Bon recibe sus primeras lecciones de pintura de su padre, el retablista Fernando Roca Guillemí (1884-1967), en la caseta que éste utilizaba como taller en su casa de Sant Just Desvern.
"Crecí en un ambiente onírico, en una zona fronteriza entre la gran ciudad y la naturaleza pendiente de urbanizar; en un entorno cargado de confortable intimismo, ensombrecido tan solo por las particulares miserias de aquellos años de postguerra".
A pesar de las transmutación mágica que les impregnó el pincel del artista, la casa donde transcurrió su infancia, con su jardín, su pozo y su palmera, son fáciles de adivinar en muchas de sus obras.
"Mis mejores obras -reconoce el artista- han sido interiores de casa. Mis cuadros tratan de retener la felicidad de los buenos momentos vividos."
Su primer contacto con las técnicas pictóricas se realiza en el taller paterno y en el de Jordi Alumá con quien trabajaría algunos años.
Primer contacto con las vanguardias
En 1958 el joven artista viaja por primera vez a París. Como equipaje tan solo lleva algunas direcciones de pintores que le había dado su padre y la ilusión de un joven de 18 años que sale por primera vez de una España que el sentia como sumida en una postguerra empobrecida artística y económicamente. Allí entra en contacto con las vanguardias, descubre a Chagall entre otros.
"Eso fue muy fuerte. Tenía 18 años y venía de un país donde no había nada. Era mi primer contacto con las vanguardias: Juan Grisy Chagall . Pero fue este último quien me marcó de una forma especial ya que con él descubrí la obra autobiográfica, la poesía y los sueños. Comprendí que hasta un café con leche es autobiográfico y eso me ayudó a darle trascendencia a lo cotidiano"
Al regresar a Barcelona el contraste entre el mundo que acaba de conocer y la limitada realidad que le rodea le hacen despertar sus ganas de aventura y el artista sólo piensa en descubrir nuevos horizontes.
Retablista de renombre en Filipinas
Su búsqueda de nuevos horizontes le llevan, en 1960, a Marsella donde se embarca para Hong Kong y de allí viaja a Filipinas. Se instala en Manila, ciudad en la que vivió casi 5 años y donde se consolida como una figura de la pintura religiosa mural y del retablo. Su trabajo propiciaría su encuentro con el pintor y mecenas Fernando Zobel, que entusiasmado por la gran técnica de Roca Bon, le encarga la restauración de su importante colección de arte colonial.
Al mismo tiempo que realiza tan ardua labor, pinta óleos y acuarelas exponiendo una amplia colección en la Galería "Luz" de Manila.
Las órdenes religiosas de Filipinas le hacen numerosos encargos de pintura mural y retablos, pero el artista siente nostalgia de Europa y decide regresar en 1965.
La búsqueda de lo onírico en lo cotidiano
Entre Barcelona y Amsterdam, pasando por París, (1965-1971) la obra del artista, fascinado por el intimismo de las casas holandesas, muestra en esta época su búsqueda de lo onírico en lo cotidiano.
Esas ansias de "expresar lo inexpresable", de encontrar un espacio místico que "invite a la meditación, al silencio, y a la reflexión" le llevarían a evolucionar hacia su etapa plástica actual: una obra de espacio místico, geométrica, sin personajes, positiva y ordenada, que le permiten expresar "silencios, ruidos, estados de ánimo", es decir, extraer la transcendencia hasta de lo vanal.
En busca del románico catalán en Nueva York
Con la excusa de ver el románico catalán en Nueva York, Roca Bon hace su primer viaje a esta ciudad en 1971 donde residirá más de un año.
Trabaja con el galerista Mario Braders, hace ceras y serigrafías, visita museos -de los que comenta "no me interesó casi nada, a excepción del ambiente del museo de Arte Moderno"-, y contacta con el expresionismo abstracto de Appell. Se sintió fuertemente atraído por la ciudad y su arquitectura.
"Me impresionaron los puentes, las luces por la noche, y sobre todo me sorprendió que la gente hablaba mucho en la calle. El país estaba marcado por la guerra del Vietnam".
Su amigo el pintor Carlos Mensa, con el que compartió estudio en Barcelona, le conecta con Kura King de Nueva York.
"Me ayudó a relacionarme con artistas y galeristas. Pero Kura King, como muchos otros personajes de la pintura que conocí, han sido amigos pero no han influido en mi obra. Con él hablaba del valor de la pintura, pero no de la pintura en sí misma."
Años más tarde, la trayectoria profesional y la estancia de Roca Bon en esta ciudad inspirarían la película "Ivorsí" rodada en los claustros romanicos de Nueva York y en un pueblo de montaña del pirineo catalan Llavorsí.
Del icono a la geometría mística
El icono se convierte en un trampolín que le acerca al arte abstracto, a la geometría mística. A través de la disciplinada técnica que exige su realización, los iconos le dan alas al pintor para volar hacía la búsqueda de nuevos arquetipos.
Poco a poco sus telas van desdibujando lo onírico, para dar paso a un enjambre de piezas geométricas, que como si de un tablero de realidad virtual se tratara, permiten a los sentidos navegar hacia escenarios metafísicos.
Es la magia de la madurez. Tras 40 años dedicado a pintar -"tal vez porque no sé hacer otra cosa"-confiesa-", nadie le puede negar a Roca Bon que no solo conoce bien su oficio sino que ha sabido ponerlo al servicio de la humanidad.
Rocabon
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